“Yo acababa de comprender que,
por inmediato, por incisivo que fuese,
el punctum podía conformarse con cierta latencia
(pero jamás con examen alguno).”
Roland Barthes, La cámara lúcida.
La latencia de la imagen fotográfica es el estado que adquiere cuando las sales de plata de la superficie fotosensible han sido expuestas, pero no reveladas, la imagen existe en potencia. Este tiempo que transcurre entre el clic de la cámara y la imagen fotográfica consumada una espera tan ilusionante como angustiosa. “El impacto directo de las emisiones luminosas de un objeto contra la superficie fotosensible determina el vínculo sobrenatural entre la realidad y la fotografía, y de esta manera fundamenta el pilar de su metafísica realista: lo real parece transferirse y adherirse a la imagen, o incluso transmutarse en ella.” Un salto mortal que se tiene que hacer a ciegas y que es exclusivo de la fotografía análoga, ha dado pie a incontables analogías y análisis simbólicos y poéticos de distintos órdenes. Podríamos hablar de un estado embrionario o compararlo con el metabolismo de una semilla que contiene a un árbol en potencia.
La decisión de incluir imágenes latentes en este proyecto surge como un medio para hacer evidente la imposición del tiempo en los procesos análogos y reflexionar sobre las imágenes ausentes, joya preciosa en los tiempos de pandemia fotográfica en los que vivimos. El método de producción y su ritmo condiciona totalmente la lectura y el consumo que hacemos de las imágenes.
Otro punto que me atrajo acerca del concepto de la imagen latente es el deseo cuya intensidad en directamente proporcional al tiempo que se espere entre la toma y el revelado. En este caso, las imágenes contenidas en las cámaras análogas exacerban esta incitación expectante con la indicación expresa de no revelar el rollo; como un voyeur se abstiene completamente de participar el la escena que observa.
La fotografía análoga frente a la fotografía digital
La evolución de los paradigmas tecnológicos de los medios para la producción fotográfica ha sido vista como una confrontación entre la fotografía tradicional y la fotografía digital, sin embargo, es mucho más enriquecedor reflexionar sobre las características de cada una como seres distintos con reglas y naturalezas distintas. Esta reflexión pacífica entre una y la otra se dificulta porque “la fotografía digital ha asumido las antiguas aplicaciones de la fotografía tradicional, la cual ha quedado descartada hoy para resolver funciones vitales indispensables y que sólo perdurará en prácticas minoritarias y artesanales.”
Más que entenderlas como dos seres que compiten uno con el otro, hay que contextualizarlas con los procesos, ritmos y necesidades de las sociedades dentro de las cuales se desarrollaron. Dentro de la misma fotografía análoga, las técnicas que la iniciaron -daguerrotipia, colodión húmedo, heliografía, etc.- son procesos mucho más complejos y tardados que el de plata sobre gelatina, que a su vez se fue volviendo más práctico con el paso de placas a rollos. Todos estos avances surgieron como respuesta a las demandas de la sociedad para agilizar y democratizar la producción de imágenes fotográficas. Los procesos análogos tuvieron origen en una sociedad industrial que desbordaba materialidad (el ferrocarril, el acero, la expansión de la industria y el capitalismo, etc), mientras que la fotografía digital responde a la era de la información, los algoritmos, las redes y las transacciones virtuales.